febrero 19, 2022

PD: Te amo (cap 30 - fragmento)

 Holly llegó al restaurante a las ocho y veinte, ya que había pasado horas probándose distintos conjuntos. Finalmente escogió lo que Gerry le había indicado que se pusiera el día del karaoke, para así sentirse más próxima a él. Las últimas semanas no habían sido fáciles, los momentos malos habían prevalecido sobre los buenos y le estaba costando trabajo recobrar la entereza. 

Mientras se dirigía a la mesa del restaurante el corazón le dio un brinco.

Vivan las parejas. 

Se detuvo a medio camino y se hizo a un lado, ocultándose tras la pared. No estaba segura de poder enfrentarse con aquello. Le faltaban fuerzas para mantener a raya sus sentimientos. Echó un vistazo alrededor en busca de la mejor vía de escape; desde luego no podía marcharse por donde había entrado, ya que sin duda la verían. Vio una salida de emergencia al lado de la puerta de la cocina, la habían dejado abierta para mejorar la ventilación del local. En cuanto respiró aire fresco, se sintió libre otra vez. Atravesó el aparcamiento pensando qué excusa daría a Sharon y Denise. 

—Hola, Holly. 

Se quedó de una pieza y se volvió lentamente al comprender que la habían sorprendido in fraganti. Vio a Daniel apoyado contra un coche, fumando un cigarrillo. 
—Qué tal, Daniel. —Fue a su encuentro—. No sabía que fumaras. 
—Sólo cuando estoy nervioso. 
—¿Estás nervioso? —Se dieron un abrazo. 
—Me estaba armando de valor para reunirme ahí dentro con el Sindicato de Parejas Felices. 

Daniel señaló hacia el restaurante con el mentón. Holly sonrió. 
—¿Tú también? 

Daniel se echó a reír. 
—Bueno, si quieres no les diré que te he visto. 
—¿Vas a entrar? 
—De vez en cuando hay que apechugar —dijo Daniel, aplastando la colilla del cigarrillo con el pie. 
—Supongo que tienes razón —convino Holly con aire reflexivo. 
—No tienes que entrar si no te apetece. No quiero ser el causante de que pases una mala velada. 
—Al contrario, será agradable contar con la compañía de otro corazón solitario. Somos muy pocos los que quedamos de nuestra especie.

Daniel rió y le ofreció el brazo. 
—¿Vamos? 

Holly se apoyó en su brazo y entraron lentamente en el restaurante. Resultaba reconfortante saber que no era la única que se sentía sola. 
—Por cierto, tengo intención de largarme en cuanto terminemos el segundo plato —aclaró Daniel. 
—Traidor —contestó Holly, dándole un codazo en broma—. En fin, yo también tengo que marcharme pronto si no quiero perder el último autobús. —Hacía unos días que no tenía dinero suficiente para llenar el depósito del coche. 
—Pues entonces tenemos la excusa perfecta. Diré que tengo que irme pronto porque te acompaño a casa y que tienes que estar de vuelta a… ¿qué hora? 
—¿Las once y media? —A las doce tenía previsto abrir el sobre de septiembre. 
—Perfecto. Daniel sonrió y se adentraron en el comedor, sintiéndose más valientes gracias a su complicidad. 
—¡Aquí llegan! —anunció Denise cuando se aproximaron a la mesa. Holly se sentó al lado de Daniel, pegándose como una lapa a su coartada. 
—Perdonad el retraso —se disculpó. 
—Holly, éstos son Catherine y Thomas, Meter y Sue, Joanne y Paul, Tracey y Bryan, a John y Sharon ya los conoces, Geoffrey y Samantha y, por último pero no por ello menos importantes, éstos son Des y Simon. 

Holly sonrió y saludó con la cabeza a todos. 
—Hola, somos Daniel y Holly —parodió Daniel con agudeza, y Holly tuvo que aguantarse la risa. 
—Ya hemos pedido, espero que no os importe —explicó Denise—. Pero traerán un montón de platos distintos que podemos compartir. ¿Os parece bien? 

Holly y Daniel asintieron con la cabeza. La mujer de al lado de Holly, cuyo nombre no recordaba, se volvió hacia ella y le habló en voz muy alta. 
—Dime, Holly, ¿tú qué haces? 

Daniel arqueó las cejas mirando a Holly. 
—Perdona, ¿qué hago cuándo? —contestó Holly con seriedad. Detestaba a la gente entrometida. Detestaba las conversaciones que giraban en torno a lo que la gente hacía para ganarse la vida, sobre todo cuando se trataba de perfectos desconocidos que acababan de presentarle. Advirtió que Daniel temblaba de risa a su lado. 

—¿Qué haces para ganarte la vida? —preguntó la mujer otra vez. Holly se había propuesto darle una respuesta ingeniosa y un tanto grosera, pero de pronto cambió de idea al ver que las demás conversaciones se apagaban y todos se fijaban en ella. Miró alrededor un tanto incómoda y carraspeó con nerviosismo. 
—Yo… bueno… ahora mismo estoy sin trabajo —confesó con voz temblorosa. La mujer torció la boca y se quitó una miga de entre los dientes con un gesto de lo más vulgar. 
—¿Y tú qué haces? —preguntó Daniel, levantando la voz para romper el silencio. 
—Oh, Geoffrey dirige su propio negocio —contestó la mujer, volviéndose con orgullo hacia su marido. 
—Estupendo, pero ¿qué haces tú? —insistió Daniel. 

La señora se mostró desconcertada al ver que Daniel no se daba por satisfecho con su respuesta. 
—Bueno, ando todo el día ocupada haciendo un montón de cosas distintas. Cariño, ¿por qué no les cuentas lo que hacéis en la empresa? 

Se volvió otra vez hacia su marido para apartar la atención de ella. El marido se inclinó hacia delante.
—No es más que un pequeño negocio. Dio un mordisco a su panecillo, masticó lentamente y todos aguardaron hasta que se lo tragó para poder proseguir. 
—Pequeño pero exitoso —agregó su esposa por él. Geoffrey por fin acabó de comerse el bocado de pan. 
—Hacemos parabrisas de coche y los vendemos a los mayoristas. 
—Uau, qué interesante —dijo Daniel secamente. 
—¿Y tú a qué te dedicas, Dermot? —preguntó la mujer, dirigiéndose a Daniel. 
—Perdona, pero me llamo Daniel. Tengo un pub. 
—Ya. —Asintió con la cabeza y miró hacia otra parte—. Qué tiempo tan malo estamos teniendo estos días, ¿verdad? —preguntó a la mesa. 

Todos reanudaron sus conversaciones y Daniel se volvió hacia Holly. 
—¿Qué tal las vacaciones? 
—Oh, lo pasé de maravilla —contestó Holly—. Nos lo tomamos con calma y no hicimos más que descansar, nada de desenfrenos ni locuras. 
—Justo lo que necesitabas —convino Daniel, sonriendo—. Me enteré de vuestra aventura marina. 

Holly puso los ojos en blanco. Apuesto a que te lo contó Denise. Daniel asintió riendo.
—Bueno, seguro que te dio una versión exagerada. 
—No tanto, la verdad, sólo me contó que estabais rodeadas de tiburones y que tuvieron que sacaron del mar con un helicóptero. 
—¡No puede ser! 
—Claro que no —dijo Daniel, y soltó una carcajada—. Aun así, ¡debíais de estar enfrascadas en una conversación muy jugosa para no daros cuenta de que ibais mar adentro a la deriva! 

Holly se ruborizó un poco al recordar que habían estado hablando de él. 
—Atención todos —llamó Denise —. Probablemente os estaréis preguntando por qué Tom y yo os hemos invitado aquí esta noche. 
—El eufemismo del año —murmuró Daniel, haciendo reír a Holly. 
—Bien, tenemos que anunciaron una cosa. Miró a los presentes y sonrió. —¡Una servidora y Tom vamos a casarnos! —chilló Denise. Perpleja, Holly se tapó la boca con las manos. Aquello la había cogido desprevenida. 
—¡Oh, Denise! —exclamó con un grito ahogado, y rodeó la mesa para abrazarlos—. ¡Qué maravillosa noticia! ¡Felicidades! 

Holly miró el rostro de Daniel. Estaba blanco como la nieve. Descorcharon una botella de champán y todos levantaron la copa mientras Jemina y Jim o Samantha y Sam, o como quiera que se llamaran, proponían un brindis. 
—¡Un momento! ¡Un momento! —Denise los detuvo justo antes de que empezaran—. Sharon, ¿no tienes copa? Todos miraron a Sharon, que sostenía un vaso de zumo de naranja en la mano. 
—Aquí tienes —dijo Tom, llenándole una copa. 
—¡No, no, no! No beberé, gracias —dijo Sharon. 
—¿Por qué no? —vociferó Denise disgustada porque su amiga no quería celebrar su compromiso. John y Sharon se miraron a los ojos y sonrieron. 
—Bueno, no queríamos decir nada porque ésta es la noche de Tom y Denise… 

Todos la instaron a desembuchar. 
—Bien… ¡Estoy embarazada! ¡John y yo vamos a tener un hijo! 

A John se le humedecieron los ojos y Holly permaneció inmóvil en su silla. Aquello tampoco lo había previsto. Con los ojos llenos de lágrimas, fue a felicitar a Sharon y John. Luego volvió a sentarse y respiró hondo. Todo aquello era excesivo.
—¡Pues brindemos por el compromiso de Tom y Denise y por el bebé de Sharon y John! 

Brindaron y Holly pasó el resto de la cena en silencio, sin apenas probar bocado. 
—¿Quieres que adelantemos la retirada a las once? —propuso Daniel en un susurro. Holly asintió en silencio. 

Después de la cena Holly y Daniel se excusaron por marcharse tan pronto, aunque en realidad nadie intentó convencerlos de que se quedaran un rato más. 
—¿Cuánto dejo para la cuenta? —preguntó Holly a Denise. 
—Nada, no te preocupes —contestó Denise, restándole importancia con un ademán. 
—No seas tonta, no voy a dejar que pagues mi parte. ¿Cuánto es? 

La mujer que tenía al lado cogió la carta y se puso a sumar los precios de los platos que habían pedido. Eran un montón y Holly apenas había comido. 
—Bien, sale a unos cincuenta por cabeza, contando el vino y las botellas de champán. 

Holly tragó saliva y miró los treinta euros que llevaba en la mano. En aquel momento, Daniel le cogió la mano y tiró de ella para que se pusiera de pie. 
—Venga, vámonos, Holly.

Holly fue a disculparse por no llevar consigo tanto dinero como creía, pero al abrir la palma de la mano vio que había un nuevo billete de veinte. 

Sonrió agradecida a Daniel y ambos se dirigieron al coche. 

Circularon en silencio, cada uno sumido en sus pensamientos sobre lo ocurrido durante la cena. Holly quería alegrarse por sus amigas, lo deseaba de veras, pero no podía evitar sentir que estaban dejándola atrás. Las vidas de todos progresaban y la suya no. Daniel detuvo el coche delante de la casa de Holly.
—¿Te apetece entrar a tomar un té o lo que sea?

Holly estaba segura de que diría que no, por lo que se sorprendió al ver que Daniel se desabrochaba el cinturón de seguridad y aceptaba su ofrecimiento. Daniel le caía muy bien, era muy atento y siempre se divertía con él, pero en aquel momento deseaba estar a solas. 
—Menuda nochecita, ¿eh? —dijo Daniel tras beber un sorbo de café. Holly meneó la cabeza con escepticismo. 
—Daniel, conozco a esas chicas prácticamente de toda la vida y te aseguro que no esperaba nada de esto. 
—Bueno, si te sirve de consuelo, yo hace años que conozco a Tom y no me había dicho ni pío.
—Aunque ahora que lo pienso, Sharon no bebió nada mientras estuvimos fuera. —No había escuchado ni una palabra de lo que le acababa de decir Daniel—. Y vomitó algunas mañanas, aunque dijo que se debía al mareo… —Se interrumpió mientras iba encajando las piezas mentalmente. 
—¿El mareo? —preguntó Daniel, confuso. 
—Sí, después de nuestra aventura en el mar —explicó Holly. 
—Ah, claro. 

Esta vez ninguno de los dos rió. 
—Qué curioso —dijo Daniel, acomodándose en el sofá. «Oh, no», pensó Holly, aquello significaba que no tenía intención de marcharse enseguida —. Mis colegas siempre decían que Laura y yo seríamos los primeros en casarnos —prosiguió Daniel—. Nunca se me ocurrió que Laura lo haría antes que yo. 
—¿Va a casarse? —preguntó Holly con delicadeza. Daniel asintió con la cabeza y desvió la mirada. —Él también había sido amigo mío en otros tiempos. —Sonrió con cierta amargura. 
—Obviamente ya no lo es. 
—No. —Daniel negó con la cabeza —. Obviamente no. 
—Lo siento.
—En fin, a todos nos toca nuestra justa ración de mala suerte. Tú lo sabes mejor que nadie, Holly. 
—Sí, nuestra justa ración. 
—Ya lo sé, no tiene nada de justa, pero no te preocupes. También nos llegará la buena suerte —aseguró Daniel. 
—¿Tú crees? 
—Eso espero. 


Cecelia Ahern

febrero 12, 2022

Ahora no me lo vas a creer, pero existe. Existe alguien ahí afuera que va a compartir tu locura por los gatos, que te va a aceptar así, huraña, tierna, cansada, tonta. Existe ahí afuera alguien que no va a pensar que está mal que estés tan rota, alguien que va a poder ayudarte mientras tratás de desenredar tus nudos, alguien ahí afuera que esas veces que no podás más te va a saber levantar para que sigás. Sé que ahora no me creés, pero está ahí. Y va a entender que hablar te cueste, que el sexo te cueste, que todo te cueste. Va a entender que te esforzás muchísimo todo el tiempo, y va a apreciar todo lo que le des, porque va a entender cómo te costó. Y te puedo asegurar que esa persona también va a tomar vino como vos, va a tocar el piano o la guitarra para que canten juntos, y va a cambiar sus libros con los tuyos y sacarse fotos con vos y mostrárselas al mundo. Se van a poder sentar esas noches heladas de junio los dos envueltos en una colcha en el sillón a leer por octava vez El Señor de los Anillos. Te lo puedo asegurar, existe alguien así, y que le guste comer como a vos, con vos, que le guste bailar como te gusta a vos, con vos. Y te va a mirar así sin maquillaje y con toda esa ropa hippie sin combinar que usás y va a pensar que sos la más linda, alguien que no va a dudar. 

Sé que ahora no me lo vas a creer. Pero existe alguien que va a leer lo que escribís, y que va escribir para vos también, quizá todavía no se conocen, pero se van a encontrar, y cuando lo hagan te puedo jurar, no va a dudar.



Anna.

enero 26, 2022

Si esta aun fuera nuestra casa,
esta lluvia sería 
musica de fondo de nuestros acurrucos
la tarde inundada
de gatos y café y mimos.
Si esta aun fuera nuestra casa,
no habría apuro
ni ropa
ni frío
si el balcón aun fuese nuestro balcón
y los vecinos escandalizados
nuestros vecinos.
Si esta aun fuera nuestra casa
y abajo los autos
la vida de otra gente que pasa
pero no nosotros
acá arriba, 
si acaso aun fuera esta 
nuestra casa.

Anna.

enero 09, 2022

- ¿Abuela cómo se afronta el dolor?
- Con las manos, cariño.
- Si lo haces con la mente, en lugar de aliviar el dolor, éste se endurece aún más.
- ¿Con las manos abuela?
- Sí. Nuestras manos son las antenas de nuestra alma. Si las mueves tejiendo, cocinando, pintando, jugando o hundiéndolas en la tierra, envías señales de cuidado a la parte más profunda de ti. Y tu alma se ilumina, porque le estás prestando atención. Entonces, las señales del dolor ya no serán necesarias.
- ¿Las manos son realmente tan importantes?
- Sí, hija mía. Piensa en los bebés: comienzan a conocer el mundo, gracias al toque de sus pequeñas manos. Si miras las manos de los viejos, te cuentan más sobre su vida que cualquier otra parte del cuerpo.
Todo lo que se hace a mano, se dice que está hecho con el corazón. Porque es realmente así: las manos y el corazón están conectados. Los masajistas lo saben bien: cuando tocan el cuerpo de otra persona con sus manos, crean una conexión profunda. Es precisamente a partir de esta conexión que llega la curación. Piensa en los amantes: cuando se tocan las manos, hacen el amor de una manera más sublime.
- Mis manos abuela… ¡Cuánto tiempo no las he usado así!
- Muévelas, mi amor, comienza a crear con ellas y todo dentro de ti se moverá. El dolor no pasará. Y en cambio lo que hagas con ellas, se convertirá en la obra maestra más hermosa. Y ya no dolerá más. Porque habrás sido capaz de transformar su esencia.



Elena Bernabè

enero 04, 2022

Mensaje en una botella

 Estoy atrapada en una isla desierta, donde hay un monstruo terrible que amenaza a cada rato con matarme y no tengo cómo escapar. En esta isla no hay otras personas, sólo gatos que me defienden del monstruo, pero a veces los gatos necesitan dormir, o se distraen, y entonces el monstruo me golpea con su aliento de fuego. Es el monstruo más cruel que he conocido nunca, a punto, creo que juega conmigo pero en verdad no quiere matarme: sólo quiere verme sufrir. Cuando tiene oportunidad, me abrasa, su ataque me quema las tripas produciendo un dolor insoportable, pero sólo lo suficiente como para que al poco me rehaga, me levante nuevamente y entonces me vuelve a tirar. 

He estado atrapada en esta isla mucho tiempo, y he aprendido a combatir este monstruo de muchas maneras, ya no me caza tan rápido como al principio, pero a pesar de todo ni los gatos ni yo hemos podido matarlo. Sin embargo no siempre fue desierta la isla. Hace poco vino alguien. Pensé que el monstruo lo atacaría también, pero no fue así, y durante mucho tiempo pensé que se había ido, que habría muerto, vivimos felices esa persona y yo y los gatos y todo fue perfecto. Pero un día esa persona se cansó de la isla, de las mismas playas, de los mismos árboles, del mismo cielo. Se cansó de los mismos gatos y de mí. Vio una señal de humo a lo lejos y decidió seguirla. Yo me quedé. 

El monstruo volvió.

Hacía tanto tiempo que no lo veía que había olvidado cómo combatirlo. Recordé cómo era antes, el vivir huyendo o enfrentándome a él todo el tiempo, el cansancio, el miedo. Busqué la señal de humo a lo lejos para ir tras él, pero no pude encontrarla. Tampoco puedo abandonar a los gatos. No puedo salir de esta isla. Escribí un mensaje desesperado y egoísta, preguntándole si encontró lo que el horizonte le prometía y lo metí en una botella que arrojé al mar. 

Un mensaje pidiéndote que si estás ahí leyendo esto y en algo me extrañás, que volvás a mí.


Anna.

noviembre 27, 2021

Romance del enamorado y la muerte

 Un sueño soñaba anoche,
soñito del alma mía,
soñaba con mis amores,
que en mis brazos los tenía.
Vi entrar señora tan blanca,
muy más que la nieve fría.
—¿Por dónde has entrado, amor?
¿Cómo has entrado, mi vida?
Las puertas están cerradas,
ventanas y celosías.
—No soy el amor, amante:
la Muerte que Dios te envía.
—¡Ay, Muerte tan rigurosa,
déjame vivir un día!
—Un día no puede ser,
una hora tienes de vida.

Muy deprisa se calzaba,
más deprisa se vestía;
ya se va para la calle,
en donde su amor vivía.
—¡Ábreme la puerta, blanca,
ábreme la puerta, niña!
—¿Cómo te podré yo abrir
si la ocasión no es venida?
Mi padre no fue al palacio,
mi madre no está dormida.
—Si no me abres esta noche,
ya no me abrirás, querida;
la Muerte me está buscando,
junto a ti vida sería.
—Vete bajo la ventana
donde labraba y cosía,
te echaré cordón de seda
para que subas arriba,
y si el cordón no alcanzare.
mis trenzas añadiría.

La fina seda se rompe;
la Muerte que allí venía:
—Vamos, el enamorado,
que la hora ya está cumplida.


noviembre 17, 2021

Yo no sabía nada de estrellas ni de constelaciones, y vos tan segura me miraste y me llamaste iniciadora. Después me explicaste algo de unas energías invisibles que nos arrastran como ríos desde nuestro nacimiento hasta la muerte y me dijiste sólo dos opciones: "o vas con la corriente o en su contra".

Yo no sabía nada de esos ríos invisibles de los que me hablabas, pero me quedó prendida en la cabeza ese nombre que me diste, me sonó a mal augurio, como si hubieses visto en los surcos de mi mano una vida de despedidas. 

Esa palabra, que me vuelve ahora a medio vaso de cerveza caliente, en estas noches más calientes todavía, llena de esas estrellas que no entiendo, intenta explicarme por qué una vez más se fue alguien de mi vida, intenta consolarme pidiéndome que no luche contra el río, que baje la cabeza, termine el vaso y obedezca, que antes de que yo naciera los astros decidieron mi trabajo en esta tierra y es inútil.

Inútil, como para probarme, luchar contra ese río que te cruza en mi misma cuadra, a mi misma hora, para decirnos ¿qué decirnos? Ojalá hubieses podido leer en mi cuerpo, así como leíste en mi estrella, que todo se despedazaba mientras te miraba y no te decía nada, mientras bajaba la cabeza y obedecía al río invisible, si hubieses podido leer que no sé nada de estrellas ni de constelaciones, pero que el río de sangre que corre por mis venas me pedía a gritos no dejarte ir.

Ahora ya no estás acá para explicarme cómo hace una para no ahogarse en esos ríos, y me ahogo en un vaso de cerveza, caliente, una noche más, sin vos.




Anna.


junio 17, 2021

Llamó a mi corazón, un claro día,

con un perfume de jazmín, el viento.

—A cambio de este aroma,
todo el aroma de tus rosas quiero.

—No tengo rosas; flores
en mi jardín no hay ya; todas han muerto.

Me llevaré los llantos de las fuentes,
las hojas amarillas y los mustios pétalos.
Y el viento huyó... Mi corazón sangraba...

Alma, ¿qué has hecho de tu pobre huerto?

Antonio Machado

junio 04, 2021

Un día de verano

¿Quién creó al mundo?
¿Quién hizo al cisne, y al oso negro?
¿Quién dio forma al saltamontes?
Me refiero a este saltamontes,
el que acaba de saltar en la hierba,
el que ahora come azúcar de mi mano,
el que mueve las fauces de atrás para adelante y no de arriba abajo,
el que mira a su alrededor con enormes ojos complicados.
Ahora levanta una de sus patas y se lava la cara cuidadosamente.
Ahora de pronto abre sus alas y se va flotando.
Yo no sé con certeza lo que es una oración.
Sin embargo sé prestar atención
y sé cómo caer sobre la hierba,
cómo arrodillarme en la hierba,
cómo ser bendita y perezosa,
cómo andar por el campo,
que es lo que llevo haciendo todo el día.
Dime, ¿qué más debería haber hecho?
¿No es verdad que todo al final se muere, y tan pronto?
Dime, ¿qué piensas hacer con tu única, salvaje y preciosa vida

Mary Oliver 



marzo 17, 2021

Visitors from abroad

Sometime after I had entered
that time of   life
people prefer to allude to in others
but not in themselves, in the middle of the night
the phone rang. It rang and rang
as though the world needed me,
though really it was the reverse.
I lay in bed, trying to analyze
the ring. It had
my mother's persistence and my father's
pained embarrassment.
When I picked it up, the line was dead.
Or was the phone working and the caller dead?
Or was it not the phone, but the door perhaps?

My mother and father stood in the cold
on the front steps. My mother stared at me,
a daughter, a fellow female.
You never think of us, she said.
We read your books when they reach heaven.
Hardly a mention of us anymore, hardly a mention of  your sister.
And they pointed to my dead sister, a complete stranger,
tightly wrapped in my mother's arms.
But for us, she said, you wouldn't exist.
And your sister — you have your sister's soul.
After which they vanished, like Mormon missionaries.

The street was white again,
all the bushes covered with heavy snow
and the trees glittering, encased with ice.
I lay in the dark, waiting for the night to end.
It seemed the longest night I had ever known,
longer than the night I was born.
I write about you all the time, I said aloud.
Every time I say "I," it refers to you.


Outside the street was silent.
The receiver lay on its side among the tangled sheets,
its peevish throbbing had ceased some hours before.
I left it as it was;
its long cord drifting under the furniture.
I watched the snow falling,
not so much obscuring things
as making them seem larger than they were.
Who would call in the middle of the night?
Trouble calls, despair calls.
Joy is sleeping like a baby.

Louise Gluck

marzo 04, 2021

La lentitud (fragmento)

 Se nos antojó pasar la tarde y la noche en un castillo. En Francia, muchos se han convertido en hoteles: un espacio perdido de verdor en una extensión de fealdad sin verdor; una parcela de alamedas, árboles y pájaros en medio de una inmensa red de carreteras. Voy conduciendo y, por el retrovisor, observo un coche que me sigue. El intermitente izquierdo parpadea y todo el coche emite ondas de impaciencia. El conductor espera la ocasión para adelantarme, aguarda ese momento como un ave de rapiña acecha un ruiseñor.

Vera, mi mujer, me dice: <<Cada cincuenta minutos muere un hombre en las carreteras de Francia. Mira todos esos locos que conducen a nuestro alrededor. Son los mismos que se muestran extraordinariamente cautos cuando asisten en plena calle al atraco de una viejecita. ¿Cómo es que no tienen miedo cuando van al volante? >>.

¿Qué contestar? Tal vez lo siguiente: el hombre encorvado encima de su moto no puede concentrarse sino en el instante presente de su vuelo; se aferra a un fragmento de tiempo desgajado del pasado y del porvenir; ha sido arrancado a la continuidad del tiempo; dicho de otra manera, está en estado de éxtasis; en este estado, no sabe nada de su edad, nada de su mujer, nada de sus hijos, nada de sus preocupaciones y, por  tanto, no tiene miedo, porque la fuente del miedo está en el porvenir, y el que se libera del porvenir no tiene nada que temer.

La velocidad es la forma de éxtasis que la revolución técnica ha brindado al hombre. Contrariamente al que va en moto, el que corre a pie está siempre presente en su cuerpo, permanentemente obligado a pensar en sus ampollas, en su jadeo; cuando corre siente su peso, su edad, consciente más que nunca de sí mismo y del tiempo de su vida. Todo cambia cuando el hombre delega la facultad de ser veloz a una máquina: a partir de entonces, su propio cuerpo queda fuera de juego y se entrega a una velocidad que es incorporal, inmaterial, pura velocidad, velocidad en sí misma, velocidad éxtasis.

Curiosa alianza: la fría impersonalidad de la técnica y el fuego del éxtasis. Recuerdo una norteamericana, a la vez ceñuda y entusiasta, especie de apparatchik del erotismo, que hace treinta años me dio una lección (gélidamente teórica) sobre la liberación sexual; la palabra más recurrente en su discurso era la palabra <<orgasmo>>; conté las veces: cuarenta y tres. El culto al orgasmo: el utilitarismo puritano proyectado en la vida sexual; la eficacia contra la ociosidad; la reducción del coito a un obstáculo que hay que superar lo más rápidamente posible para alcanzar una explosión extática, única meta verdadera del amor y del universo.

¿Por qué habrá desaparecido el placer de la lentitud? Ay, ¿dónde estarán los paseantes de antaño? ¿Dónde estarán esos héroes holgazanes de las canciones populares, esos vagabundos que vagan de molino en molino y duermen al raso? ¿Habrán desaparecido con los caminos rurales, los prados y los claros, junto con la naturaleza? Un proverbio checo define la dulce ociosidad mediante una metáfora: contemplar las ventanas de Dios. Los que contemplan las ventanas de Dios no se aburren; son felices. En nuestro mundo, la ociosidad se ha convertido en desocupación, lo cual es muy distinto: el desocupado está frustrado, se aburre, busca constantemente el movimiento que le falta.

Miro por el retrovisor: siempre el mismo coche que no consigue adelantarme por culpa del tráfico en sentido contrario. Al lado del conductor va una mujer, ¿por qué el hombre no le cuenta algo gracioso?, ¿por qué no descansa una mano en su rodilla? En lugar de eso, maldice al automovilista que, delante de él, no avanza lo bastante rápido; tampoco la mujer piensa en tocar al conductor con la mano, conduce mentalmente con él, y ella también me maldice.

Entretanto pienso en aquel otro viaje de París a un castillo en el campo, que tuvo lugar hace más de doscientos años, el viaje de Madame de T. y el joven caballero que la acompañaba. Es la primera vez que están tan cerca el uno del otro y la indecible atmósfera de sensualidad que les envuelve nace precisamente de la lentitud de la cadencia: mecidos por el movimiento del carruaje, los dos cuerpos se rozan, primero sin querer, luego queriéndolo, y se traba la historia.

Milan Kundera

febrero 17, 2021

Un gato en un piso vacío

Morir, eso no se le hace a un gato.
Porque qué puede hacer un gato
en un piso vacío.
Trepar por las paredes.
Restregarse entre los muebles.
Parece que nada ha cambiado
y, sin embargo, ha cambiado.
Que nada se ha movido,
pero está descolocado.
Y por la noche la lámpara ya no se enciende.
Se oyen pasos en la escalera,
pero no son ésos.
La mano que pone el pescado en el plato
tampoco es aquella que lo ponía.
 
Hay algo aquí que no empieza
a la hora de siempre.
Hay algo que no ocurre
como debería.
Aquí había alguien que estaba y estaba,
que de repente se fue
e insistentemente no está.
 
Se ha buscado en todos los armarios.
Se ha recorrido la estantería.
Se ha husmeado debajo de la alfombra y se ha mirado.
Incluso se ha roto la prohibición
y se han desparramado los papeles.
Qué más se puede hacer.
Dormir y esperar.
 
Ya verá cuando regrese,
ya verá cuando aparezca.
Se va a enterar
de que eso no se le puede hacer a un gato.
Irá hacia él
como si no quisiera,
despacito,
con las patas muy ofendidas.
Y nada de saltos ni maullidos al principio.

Wislawa Szymborska

Te pienso en cada almohadón, en cada yogur con cuchara,
te pienso en esas diminutas flores amarillas
que crecen entre el pasto.

febrero 16, 2021

Consejo mortal

Levanta tu edificio. Planta un árbol.
Combate si eres joven. Y haz el amor, ¡ah, siempre!
Mas no olvides al fin construir con tus triunfos
lo que más necesitas: Una tumba, un refugio.

-Gabriel Celaya

El rinconcito de mi alma que llenabas de pelo ahora está lleno de agua.

agosto 08, 2019

Las mismas medias mojadas de transpiración, el mismo olor a flores con humo de la zafra y las mismas ganas de dormir. Todo lo mismo. Tu mamá preguntándote a dónde vas, con quién, como si desde hace años no salieras a los mismos lugares, con la misma gente. La misma promesa de algo que no llega en cada cucharada del guiso de lentejas, en cada viernes volviendo en colectivo por los mismos baches, por las mismas ventanillas rayadas y los mismos reflejos de sueños sin cumplir esperándote en la misma parada para acompañarte de nuevo a tu sillón, a pasar los mismos canales, otra vez, una noche más, un agosto más, un año más... Otra vez, siempre igual.

Anna.

abril 04, 2019

 “Ven, Wilkilén, siéntate a mi lado... Voy a contarte de una que a partir de esta noche será mi hermana y compañera eterna. No te asustes cuando escuches su nombre ni la culpes por hacer lo necesario. ¿Conoces a alguien a quien le agrade comer manzanas que pendan años y años de los árboles? Tampoco lo conozco yo. Y, dime, ¿cómo nacerían manzanas nuevas si las que ya cumplieron con lo suyo no dejaran sitio en las ramas? ¿Quién le enseñaría a quién? La hermana muerte carga con una tarea que todos comprenden pero pocos perdonan. Sin ella, los hombres no mirarían al cielo en las noches claras. Tampoco cantarían. Sin ella no existirían el suspiro ni el deseo. Sin ella nadie en este mundo se ocuparía de ser feliz."

—Vieja Kush.


Liliana Bodoc
Los días de la sombra

marzo 24, 2019

También tú eres el amor.
Eres de sangre y tierra
como los otros. Andas
como quien no se mueve
de la puerta de casa.
Miras como el que espera
y no ve. Eres tierra
que sufre y calla.
Te sobresaltas y fatigas,
tienes palabras –caminas
esperando. El amor
es tu sangre –no otra.

Cesare Pavese




enero 20, 2019

Convenceme. Decime que me querías. Que no me conocés, ni sabés nada de la vida, pero que igual me querés. Decime que no sos un desgraciado como los demás, que no me conocés pero que sabías desde el principio que todas las cosas lindas del mundo las tenía escondidas en las pestañas. Decime que no podés prometerme ni oro ni viajes a Europa, pero que me vas a compensar con un millón de mates en la vereda de nuestra casa, escuchando tango hasta que nos hagamos viejos. Regalame tus domingos y tus proyectos. Nos llenemos de gatos y de libros y de guitarra y de amigos y de sueños. Nos llenemos de nosotros y de tiempo.


Anna.

enero 07, 2019

Soy así, como los gatos. Desconfiada, invasiva, tímida, absurda, inconstante. Me tomo mi tiempo para medir las cosas. Me paso horas mirando por la ventana, y a veces sólo sé desaparecer. Me hipnotizan los brillos y los detalles tontos. Sueño con los pájaros que me gustaría algún día atrapar. Soy así. Como los gatos. Obsesiva, incisiva, pasional, intensa, vaga. Testaruda. Estoy más despierta de noche sola que de día con los demás. Me gusta besar con la mirada, dormir inverosímilmente, lavarme las manos cada dos por tres. Cantarle a la luna la tristeza de ese amor que no tuve y que perdí, y las caricias simples. Peleadora, ridícula, tierna sin querer. Como los gatos. Así.



Anna.