febrero 21, 2016
febrero 16, 2016
Conejito pequeño
apenas conejito
una manchita rosa
puro hociquito negro
no tenés todavía
una semana entera
pero es tan difícil la vida
para un apenas conejo
ay, conejito
si pudiera con mis palabras
regalarte esos saltos
altos hacia el cielo, altos
pero es más cruel el tiempo
para un conejo pequeño
que todavía no aprende
a saltar.
Anna.
apenas conejito
una manchita rosa
puro hociquito negro
no tenés todavía
una semana entera
pero es tan difícil la vida
para un apenas conejo
ay, conejito
si pudiera con mis palabras
regalarte esos saltos
altos hacia el cielo, altos
pero es más cruel el tiempo
para un conejo pequeño
que todavía no aprende
a saltar.
Anna.
febrero 15, 2016
febrero 12, 2016
Tengo miedo de verte
necesidad de verte
esperanza de verte
desazones de verte
tengo ganas de hallarte
preocupación de hallarte
certidumbre de hallarte
pobres dudas de hallarte
tengo urgencia de oírte
alegría de oírte
buena suerte de oírte
y temores de oírte
o sea
resumiendo
estoy jodido
y radiante
quizá más lo primero
que lo segundo
y también
viceversa.
Mario Benedetti
febrero 07, 2016
febrero 02, 2016
Podría decirte
sí, me voy a casar;
vos me contestarías
algo así como que
no voy a ser feliz
y quizá tengas razón,
yo te contestaría
algo así como que
la felicidad no existe
y sabrías que yo
también tengo razón.
Y la discusión
seguiría
así como todas
nuestras discusiones.
Pero qué sentido tiene
decirte nada ahora
que voy a casarme
y la felicidad
ya no existe.
Anna.
sí, me voy a casar;
vos me contestarías
algo así como que
no voy a ser feliz
y quizá tengas razón,
yo te contestaría
algo así como que
la felicidad no existe
y sabrías que yo
también tengo razón.
Y la discusión
seguiría
así como todas
nuestras discusiones.
Pero qué sentido tiene
decirte nada ahora
que voy a casarme
y la felicidad
ya no existe.
Anna.
enero 28, 2016
Los amantes
Harux y Harix han decidido no levantarse más de la cama: se aman locamente, y no pueden alejarse el uno del otro más de sesenta, setenta centímetros. Así que lo mejor es quedarse en la cama, lejos de los llamados del mundo. Está todavía el teléfono, en la mesa de luz, que a veces suena interrumpiendo sus abrazos: son los parientes que llaman para saber si todo anda bien. Pero también estas llamadas telefónicas familiares se hacen cada vez más raras y lacónicas. Los amantes se levantan solamente para ir al baño, y no siempre; la cama está toda desarreglada, las sábanas gastadas, pero ellos no se dan cuenta, cada uno inmerso en la ola azul de los ojos del otro, sus miembros místicamente entrelazados.
La primera semana se alimentaron de galletitas, de las que se habían provisto abundantemente. Como se terminaron las galletitas, ahora se comen entre ellos. Anestesiados por el deseo, se arrancan grandes pedazos de carne con los dientes, entre dos besos se devoran la nariz o el dedo meñique, se beben el uno al otro la sangre; después, saciados, hacen de nuevo el amor, como pueden, y se duermen para volver a comenzar cuando despiertan. Han perdido la cuenta de los días y de las horas. No son lindos de ver, eso es cierto, ensangrentados, descuartizados, pegajosos; pero su amor está más allá de las convenciones.
Juan Rodolfo Wilcock
La primera semana se alimentaron de galletitas, de las que se habían provisto abundantemente. Como se terminaron las galletitas, ahora se comen entre ellos. Anestesiados por el deseo, se arrancan grandes pedazos de carne con los dientes, entre dos besos se devoran la nariz o el dedo meñique, se beben el uno al otro la sangre; después, saciados, hacen de nuevo el amor, como pueden, y se duermen para volver a comenzar cuando despiertan. Han perdido la cuenta de los días y de las horas. No son lindos de ver, eso es cierto, ensangrentados, descuartizados, pegajosos; pero su amor está más allá de las convenciones.
Juan Rodolfo Wilcock
enero 20, 2016
enero 16, 2016
desposeída de tí
no tengo alas
me habita la oquedad
del desamparo
soy una máscara
lavada por la lluvia
una lámpara gastada
una lámpara imposible
una mariposa oscura
sometida a orfandad
desespero de tí
Diego mi niño
me ha vencido
el silencio
desguarnecida
nada me protege
¿dónde la casa azul?
¿dónde el jardín?
¿dónde el naranjo de aquel día?
estoy cansada
hueca
la sangre desborda
por el marco
se agita el viento
de la locura
sin tí soy esta herida
que no cesa de manar
el universo estalla
se deshace
¿dónde tus manos Diego?
¿dónde tu fuego dentro de mi carne?
¿dónde el refugio de tu cuerpo?
Nélida Cañas
no tengo alas
me habita la oquedad
del desamparo
soy una máscara
lavada por la lluvia
una lámpara gastada
una lámpara imposible
una mariposa oscura
sometida a orfandad
desespero de tí
Diego mi niño
me ha vencido
el silencio
desguarnecida
nada me protege
¿dónde la casa azul?
¿dónde el jardín?
¿dónde el naranjo de aquel día?
estoy cansada
hueca
la sangre desborda
por el marco
se agita el viento
de la locura
sin tí soy esta herida
que no cesa de manar
el universo estalla
se deshace
¿dónde tus manos Diego?
¿dónde tu fuego dentro de mi carne?
¿dónde el refugio de tu cuerpo?
enero 14, 2016
Se habrán encontrado en la calle, o quizá se habrían hablado. Ella tenía unos libros suyos, habría querido devolvérselos. Habrían quedado en un lugar, habría llegado tarde. Quizá habría olvidado los libros. Habría usado un vestido corto. "Acompañame a mi casa a buscarlos", o algo así, le habría dicho. Él habría mirado su boca toda roja y habría dicho que sí. Habrán subido las escaleras lenta, nerviosamente. Ella habrá puesto la llave, prendido una luz adentro. El departamento siempre estaba desordenado. Esa noche no debía haber nadie en el mundo. Él se habría quedado parado en la puerta, a lo mejor pensando, con la mochila puesta. Ella habrá sacado alguna botella barata de la heladera. Fuera uno a saber dónde habrán estado esos libros que le prestó. Entre el segundo vaso y el primer beso ya se habrían olvidado. El olor del pelo de ella mientras le iba desprendiendo el pantalón lo habrá convencido. Se habrán acariciado sobre el desorden, le habrá levantado el vestido. Ella habrá puesto su mano sobre su sexo. Le habrá peinado los rulos negros con manos ansiosas antes de dejarse llevar. Después quizá hasta habrá gritado, pero no muy fuerte, para que no escuchen los vecinos. Él habrá apretado su boca contra su labios, su pecho contra los de ella. Habrán rodado por el suelo hasta el cuarto. Habrán transpirado las sábanas para que les quede el recuerdo al día siguiente cuando cada uno siga con su vida. Él se habrá llevado los libros y ella le habrá dado las gracias. Le habrá pedido disculpas por la demora. Ninguno de los dos habría dicho nada sobre la otra, y se habrían despedido en el umbral del edificio como si nada hubiese pasado. Unos días después ella habrá pensado en llamarlo, y él no habrá contestado.
O sí.
Quién sabe.
Anna.
Keith Urban - You'll think of me (live ver)
O sí.
Quién sabe.
Anna.
Keith Urban - You'll think of me (live ver)
enero 09, 2016
diciembre 18, 2015
diciembre 11, 2015
diciembre 02, 2015
noviembre 30, 2015
No es que muera de amor
No es que muera de amor, muero de ti.
Muero de ti, amor, de amor de ti,
de urgencia mía de mi piel de ti,
de mi alma, de ti y de mi boca
y del insoportable que yo soy sin ti.
Muero de ti y de mi, muero de ambos,
de nosotros, de ese,
desgarrado, partido,
me muero, te muero, lo morimos.
Morimos en mi cuarto en que estoy solo,
en mi cama en que faltas,
en la calle donde mi brazo va vacío,
en el cine y los parques, los tranvías,
los lugares donde mi hombro
acostumbra tu cabeza
y mi mano tu mano
y todo yo te sé como yo mismo.
Morimos en el sitio que le he prestado al aire
para que estés fuera de mí,
y en el lugar en que el aire se acaba
cuando te echo mi piel encima
y nos conocemos en nosotros,
separados del mundo, dichosa, penetrada,
y cierto , interminable.
Morimos, lo sabemos, lo ignoran, nos morimos
entre los dos, ahora, separados,
del uno al otro, diariamente,
cayéndonos en múltiples estatuas,
en gestos que no vemos,
en nuestras manos que nos necesitan.
Nos morimos, amor, muero en tu vientre
que no muerdo ni beso,
en tus muslos dulcísimos y vivos,
en tu carne sin fin, muero de máscaras,
de triángulos oscuros e incesantes.
Muero de mi cuerpo y de tu cuerpo,
de nuestra muerte, amor, muero, morimos.
En el pozo de amor a todas horas,
inconsolable, a gritos,
dentro de mi, quiero decir, te llamo,
te llaman los que nacen, los que vienen
de atrás, de ti, los que a ti llegan.
Nos morimos, amor, y nada hacemos
sino morirnos más, hora tras hora,
y escribirnos y hablarnos y morirnos.
Muero de ti, amor, de amor de ti,
de urgencia mía de mi piel de ti,
de mi alma, de ti y de mi boca
y del insoportable que yo soy sin ti.
Muero de ti y de mi, muero de ambos,
de nosotros, de ese,
desgarrado, partido,
me muero, te muero, lo morimos.
Morimos en mi cuarto en que estoy solo,
en mi cama en que faltas,
en la calle donde mi brazo va vacío,
en el cine y los parques, los tranvías,
los lugares donde mi hombro
acostumbra tu cabeza
y mi mano tu mano
y todo yo te sé como yo mismo.
Morimos en el sitio que le he prestado al aire
para que estés fuera de mí,
y en el lugar en que el aire se acaba
cuando te echo mi piel encima
y nos conocemos en nosotros,
separados del mundo, dichosa, penetrada,
y cierto , interminable.
Morimos, lo sabemos, lo ignoran, nos morimos
entre los dos, ahora, separados,
del uno al otro, diariamente,
cayéndonos en múltiples estatuas,
en gestos que no vemos,
en nuestras manos que nos necesitan.
Nos morimos, amor, muero en tu vientre
que no muerdo ni beso,
en tus muslos dulcísimos y vivos,
en tu carne sin fin, muero de máscaras,
de triángulos oscuros e incesantes.
Muero de mi cuerpo y de tu cuerpo,
de nuestra muerte, amor, muero, morimos.
En el pozo de amor a todas horas,
inconsolable, a gritos,
dentro de mi, quiero decir, te llamo,
te llaman los que nacen, los que vienen
de atrás, de ti, los que a ti llegan.
Nos morimos, amor, y nada hacemos
sino morirnos más, hora tras hora,
y escribirnos y hablarnos y morirnos.
Jaime Sabines
noviembre 29, 2015
Reina sin pueblo
Nieve de más, mundo de más
para este corto amor.
Cortos amores en viajes al futuro.
Dónde estaré, dónde estarás
Cuando llegue el invierno,
Del otro lado del mapa, en tu país
Del otro lado del mapa, en tu país.
Demasiado cielo para esta tierra
Demasiada tierra para los hombres,
demasiados hombres para la reina
reina sin pueblo.
Viento glaciar,labios de mar,
quebrados e indecisos,
ojos de vidrio hablando sin idioma.
Dónde estaré, dónde estarás,
Cuando llegue el invierno,
Del otro lado del mapa, en tu país
Del otro lado del mapa, en tu país.
Demasiado cielo para esta tierra
Demasiada tierra para los hombres,
demasiados hombres para la reina
reina sin pueblo.
Silvina Garré
noviembre 27, 2015
noviembre 25, 2015
Llueve. El delantal está mojado. Y las medias. Los zapatos no, porque te los sacaste, caminaste todo el camino hasta acá (desde que empezó a llover) sin zapatos. No era por un adolescente deseo de saltar en los charcos, de sentir la lluvia en los dedos. En realidad te molestó bastante mojarte, pero es tu único par de zapatos, y con esta lluvia el falso cuero podría desarmarse en un instante. Y entonces ¿con qué ibas a ir al colegio mañana? Tu mamá te hubiese mandado de zapatillas, sin entender que hay una profesora que pone notas por el uniforme, o que las zapatillas blancas con medias azules no combinan, o que qué vergüenza estar de zapatillas en medio de todas las otras chicas con zapatos.
No importa mucho ahora, los zapatos están secos. Igual que todos tus libros, que cuidaste del agua abrazando la mochila como a un tesoro. Tampoco nadie entendería por qué son tan valiosas todas esas carpetas, en las que pusiste tanto amor. Sí, amor. Hay amor en la tinta azul con la que escribiste el número en cada hoja, y en el subrayado rosa de cada título. Un amor que nadie podría entender jamás, y que necesita ser protegido de la lluvia.
Necesitás llegar rápido y ponerte a estudiar. El olor de las hojas rivadavia tiene algo que te tranquiliza y te ata a la tierra. Solamente ahí, entre todas esas letras sabés encontrarte a vos misma. Mientras colgás el delantal empapado sobre la bañera, se te cruza preguntarte a dónde habrán ido los otros. Por un instante mirás la sombra que se refleja en el espejo del baño y te parece entender, casi con la dolorosa claridad de tus apuntes del colegio. Vos sí podés entender esas cosas. No como ellos, que no entienden por qué te mojabas el pelo pero protegías las carpetas, o por qué tenías que volver en lugar de ir con ellos. Pero vos tenías que volver. Tenías que llegar, y sacarte la ropa, y mirarte al espejo y abrazarte las rodillas blancas y rechonchas y llorar un poco. Sí, tenías que volver y llorar sobre esos mismos libros que venías protegiendo de la lluvia, tenías que ver la tinta correrse de la misma mano de la que con tanto amor antes las había dibujado. Tenías que volver, porque vos sí entendés que ellos se hayan ido juntos y te hayan dejado, manchita celeste de delantal sin paraguas en el umbral gris del colegio. Vos los entendés, aunque ellos no entiendan ni vayan a entender nunca por qué vos preferías mojarte las medias.
Anna.
No importa mucho ahora, los zapatos están secos. Igual que todos tus libros, que cuidaste del agua abrazando la mochila como a un tesoro. Tampoco nadie entendería por qué son tan valiosas todas esas carpetas, en las que pusiste tanto amor. Sí, amor. Hay amor en la tinta azul con la que escribiste el número en cada hoja, y en el subrayado rosa de cada título. Un amor que nadie podría entender jamás, y que necesita ser protegido de la lluvia.
Necesitás llegar rápido y ponerte a estudiar. El olor de las hojas rivadavia tiene algo que te tranquiliza y te ata a la tierra. Solamente ahí, entre todas esas letras sabés encontrarte a vos misma. Mientras colgás el delantal empapado sobre la bañera, se te cruza preguntarte a dónde habrán ido los otros. Por un instante mirás la sombra que se refleja en el espejo del baño y te parece entender, casi con la dolorosa claridad de tus apuntes del colegio. Vos sí podés entender esas cosas. No como ellos, que no entienden por qué te mojabas el pelo pero protegías las carpetas, o por qué tenías que volver en lugar de ir con ellos. Pero vos tenías que volver. Tenías que llegar, y sacarte la ropa, y mirarte al espejo y abrazarte las rodillas blancas y rechonchas y llorar un poco. Sí, tenías que volver y llorar sobre esos mismos libros que venías protegiendo de la lluvia, tenías que ver la tinta correrse de la misma mano de la que con tanto amor antes las había dibujado. Tenías que volver, porque vos sí entendés que ellos se hayan ido juntos y te hayan dejado, manchita celeste de delantal sin paraguas en el umbral gris del colegio. Vos los entendés, aunque ellos no entiendan ni vayan a entender nunca por qué vos preferías mojarte las medias.
Anna.
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