Si pudiera vivir nuevamente mi vida.
En la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido, de hecho
tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico.
Correría más riesgos, haría más viajes, contemplaría
más atardeceres, subiría más montañas, nadaría más ríos.
Iría a más lugares adonde nunca he ido, comería
más helados y menos habas, tendría más problemas
reales y menos imaginarios.
Yo fui una de esas personas que vivió sensata y prolíficamente
cada minuto de su vida; claro que tuve momentos de alegría.
Pero si pudiera volver atrás trataría de tener
solamente buenos momentos.
Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, sólo de momentos;
no te pierdas el ahora.
Yo era uno de esos que nunca iban a ninguna parte sin termómetro,
una bolsa de agua caliente, un paraguas y un paracaídas;
Si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.
Si pudiera volver a vivir comenzaría a andar descalzo a principios
de la primavera y seguiría así hasta concluir el otoño.
Daría más vueltas en calesita, contemplaría más amaneceres
y jugaría con más niños, si tuviera otra vez la vida por delante.
Pero ya tengo 85 años y sé que me estoy muriendo.
Jorge Luis Borges
septiembre 29, 2010
febrero 17, 2010
MI hermana
Bajé las escaleras corriendo, intentando no llorar, limpiándome las lágrimas antes de que cayeran, para evitar que se corriera el maquillaje. Para que nadie se diera cuenta.
Bajé las escaleras corriendo, sin esperar encontrarme a nadie, pero ahí estaba ella, con su vestido rosa, parecía una frutilla escapada de alguna torta de cumpleaños. Me sorprendí y me tragué el llanto, aunque ella ya se había dado cuenta de que algo pasaba.
No me preguntó. No solía hacerlo. Me agarró una mano como si cualquier cosa y nos fuimos al patio, lejos de la música de la fiesta. Me puse a mirar el cielo; había un montón de estrellas y el vestido de frutilla parecía ahora una mora violeta. Intenté concentrarme en algo de eso, huyendo con la cabeza a algún lugar lejos, donde mi cuerpo no podía ir.
- Si mirás tanto para arriba se te va a acalambrar el cuello. –me dijo, y se sentó en un banco a un costado. Yo también me senté.
- ¿Está aburrida la reunión? –pregunté como para hablar de algo.
- Sí –me contestó muy bajito. Entonces la miré de reojo, prestando más atención, y pensé que ella también había estado llorando.
- ¿Ha pasado algo? –volví a preguntar. Ella sabía que yo sabía-. ¿Se pelearon?
No contestó, ni me miró tampoco. Suspiré y le pasé un brazo sobre el hombro para abrazarla, no dijimos más nada y nos quedamos un rato así.
- ¿Y si nos vamos a la casa? –se me ocurrió después de un rato-. Tengo helado. Y galletas. Y Moulin Rouge.
- Me parece un buen plan –aceptó ella, aunque igual me pareció que de nuevo iba a llorar. Entonces me paré rápido y le quise ofrecer las manos para ayudarla a ella a hacer lo mismo. No me hizo mucho caso, se levantó sola, sin mi ayuda, del banco; me miró con cara de pocos amigos y a mi me dio por reírme.
- Tonta.
Ella llegó a sonreír. Nos metimos juntas de nuevo a la casa, esquivando el salón donde estaba la gente, por suerte los abrigos habían quedado en el recibidor. Ya habría tiempo después de disculparnos por irnos sin saludar.
Anna.
Bajé las escaleras corriendo, sin esperar encontrarme a nadie, pero ahí estaba ella, con su vestido rosa, parecía una frutilla escapada de alguna torta de cumpleaños. Me sorprendí y me tragué el llanto, aunque ella ya se había dado cuenta de que algo pasaba.
No me preguntó. No solía hacerlo. Me agarró una mano como si cualquier cosa y nos fuimos al patio, lejos de la música de la fiesta. Me puse a mirar el cielo; había un montón de estrellas y el vestido de frutilla parecía ahora una mora violeta. Intenté concentrarme en algo de eso, huyendo con la cabeza a algún lugar lejos, donde mi cuerpo no podía ir.
- Si mirás tanto para arriba se te va a acalambrar el cuello. –me dijo, y se sentó en un banco a un costado. Yo también me senté.
- ¿Está aburrida la reunión? –pregunté como para hablar de algo.
- Sí –me contestó muy bajito. Entonces la miré de reojo, prestando más atención, y pensé que ella también había estado llorando.
- ¿Ha pasado algo? –volví a preguntar. Ella sabía que yo sabía-. ¿Se pelearon?
No contestó, ni me miró tampoco. Suspiré y le pasé un brazo sobre el hombro para abrazarla, no dijimos más nada y nos quedamos un rato así.
- ¿Y si nos vamos a la casa? –se me ocurrió después de un rato-. Tengo helado. Y galletas. Y Moulin Rouge.
- Me parece un buen plan –aceptó ella, aunque igual me pareció que de nuevo iba a llorar. Entonces me paré rápido y le quise ofrecer las manos para ayudarla a ella a hacer lo mismo. No me hizo mucho caso, se levantó sola, sin mi ayuda, del banco; me miró con cara de pocos amigos y a mi me dio por reírme.
- Tonta.
Ella llegó a sonreír. Nos metimos juntas de nuevo a la casa, esquivando el salón donde estaba la gente, por suerte los abrigos habían quedado en el recibidor. Ya habría tiempo después de disculparnos por irnos sin saludar.
Anna.
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