enero 16, 2016

desposeída de tí
no tengo alas
me habita la oquedad
del desamparo
soy una máscara
lavada por la lluvia
una lámpara gastada
una lámpara imposible
una mariposa oscura

sometida a orfandad
desespero de tí
Diego mi niño
me ha vencido
el silencio
desguarnecida
nada me protege

¿dónde la casa azul?
¿dónde el jardín?
¿dónde el naranjo de aquel día?

estoy cansada
hueca
la sangre desborda
por el marco
se agita el viento
de la locura
sin tí soy esta herida
que no cesa de manar

el universo estalla
se deshace
¿dónde tus manos Diego?
¿dónde tu fuego dentro de mi carne?
¿dónde el refugio de tu cuerpo?

Nélida Cañas

enero 14, 2016

Se habrán encontrado en la calle, o quizá se habrían hablado. Ella tenía unos libros suyos, habría querido devolvérselos. Habrían quedado en un lugar, habría llegado tarde. Quizá habría olvidado los libros. Habría usado un vestido corto. "Acompañame a mi casa a buscarlos", o algo así, le habría dicho. Él habría mirado su boca toda roja y habría dicho que sí. Habrán subido las escaleras lenta, nerviosamente. Ella habrá puesto la llave, prendido una luz adentro. El departamento siempre estaba desordenado. Esa noche no debía haber nadie en el mundo. Él se habría quedado parado en la puerta, a lo mejor pensando, con la mochila puesta. Ella habrá sacado alguna botella barata de la heladera. Fuera uno a saber dónde habrán estado esos libros que le prestó. Entre el segundo vaso y el primer beso ya se habrían olvidado. El olor del pelo de ella mientras le iba desprendiendo el pantalón lo habrá convencido. Se habrán acariciado sobre el desorden, le habrá levantado el vestido. Ella habrá puesto su mano sobre su sexo. Le habrá peinado los rulos negros con manos ansiosas antes de dejarse llevar. Después quizá hasta habrá gritado, pero no muy fuerte, para que no escuchen los vecinos. Él habrá apretado su boca contra su labios, su pecho contra los de ella. Habrán rodado por el suelo hasta el cuarto. Habrán transpirado las sábanas para que les quede el recuerdo al día siguiente cuando cada uno siga con su vida. Él se habrá llevado los libros y ella le habrá dado las gracias. Le habrá pedido disculpas por la demora. Ninguno de los dos habría dicho nada sobre la otra, y se habrían despedido en el umbral del edificio como si nada hubiese pasado. Unos días después ella habrá pensado en llamarlo, y él no habrá contestado.

O sí.

Quién sabe.


Anna.
Keith Urban - You'll think of me (live ver)

enero 09, 2016

"Understand me. I’m not like an ordinary world. I have my madness, I live in another dimension and I do not have time for things that have no soul."

Charles Bukowski



diciembre 08, 2015

noviembre 30, 2015

No es que muera de amor

No es que muera de amor, muero de ti.
Muero de ti, amor, de amor de ti,
de urgencia mía de mi piel de ti,
de mi alma, de ti y de mi boca
y del insoportable que yo soy sin ti.

Muero de ti y de mi, muero de ambos,
de nosotros, de ese,
desgarrado, partido,
me muero, te muero, lo morimos.

Morimos en mi cuarto en que estoy solo,
en mi cama en que faltas,
en la calle donde mi brazo va vacío,
en el cine y los parques, los tranvías,
los lugares donde mi hombro
acostumbra tu cabeza
y mi mano tu mano
y todo yo te sé como yo mismo.

Morimos en el sitio que le he prestado al aire
para que estés fuera de mí,
y en el lugar en que el aire se acaba
cuando te echo mi piel encima
y nos conocemos en nosotros,
separados del mundo, dichosa, penetrada,
y cierto , interminable.

Morimos, lo sabemos, lo ignoran, nos morimos
entre los dos, ahora, separados,
del uno al otro, diariamente,
cayéndonos en múltiples estatuas,
en gestos que no vemos,
en nuestras manos que nos necesitan.

Nos morimos, amor, muero en tu vientre
que no muerdo ni beso,
en tus muslos dulcísimos y vivos,
en tu carne sin fin, muero de máscaras,
de triángulos oscuros e incesantes.
Muero de mi cuerpo y de tu cuerpo,
de nuestra muerte, amor, muero, morimos.
En el pozo de amor a todas horas,
inconsolable, a gritos,
dentro de mi, quiero decir, te llamo,
te llaman los que nacen, los que vienen
de atrás, de ti, los que a ti llegan.
Nos morimos, amor, y nada hacemos
sino morirnos más, hora tras hora,
y escribirnos y hablarnos y morirnos.

Jaime Sabines

noviembre 29, 2015

Reina sin pueblo




Nieve de más, mundo de más
para este corto amor.
Cortos amores en viajes al futuro.
Dónde estaré, dónde estarás
Cuando llegue el invierno,
Del otro lado del mapa, en tu país
Del otro lado del mapa, en tu país.

Demasiado cielo para esta tierra
Demasiada tierra para los hombres,
demasiados hombres para la reina
reina sin pueblo.

Viento glaciar,labios de mar,
quebrados e indecisos,
ojos de vidrio hablando sin idioma.
Dónde estaré, dónde estarás,
Cuando llegue el invierno,
Del otro lado del mapa, en tu país
Del otro lado del mapa, en tu país.

Demasiado cielo para esta tierra
Demasiada tierra para los hombres,
demasiados hombres para la reina
reina sin pueblo.

Silvina Garré

noviembre 25, 2015

Llueve. El delantal está mojado. Y las medias. Los zapatos no, porque te los sacaste, caminaste todo el camino hasta acá (desde que empezó a llover) sin zapatos. No era por un adolescente deseo de saltar en los charcos, de sentir la lluvia en los dedos. En realidad te molestó bastante mojarte, pero es tu único par de zapatos, y con esta lluvia el falso cuero podría desarmarse en un instante. Y entonces ¿con qué ibas a ir al colegio mañana? Tu mamá te hubiese mandado de zapatillas, sin entender que hay una profesora que pone notas por el uniforme, o que las zapatillas blancas con medias azules no combinan, o que qué vergüenza estar de zapatillas en medio de todas las otras chicas con zapatos.
No importa mucho ahora, los zapatos están secos. Igual que todos tus libros, que cuidaste del agua abrazando la mochila como a un tesoro. Tampoco nadie entendería por qué son tan valiosas todas esas carpetas, en las que pusiste tanto amor. Sí, amor. Hay amor en la tinta azul con la que escribiste el número en cada hoja, y en el subrayado rosa de cada título. Un amor que nadie podría entender jamás, y que necesita ser protegido de la lluvia.

Necesitás llegar rápido y ponerte a estudiar. El olor de las hojas rivadavia tiene algo que te tranquiliza y te ata a la tierra. Solamente ahí, entre todas esas letras sabés encontrarte a vos misma. Mientras colgás el delantal empapado sobre la bañera, se te cruza preguntarte a dónde habrán ido los otros. Por un instante mirás la sombra que se refleja en el espejo del baño y te parece entender, casi con la dolorosa claridad de tus apuntes del colegio. Vos sí podés entender esas cosas. No como ellos, que no entienden por qué te mojabas el pelo pero protegías las carpetas, o por qué tenías que volver en lugar de ir con ellos. Pero vos tenías que volver. Tenías que llegar, y sacarte la ropa, y mirarte al espejo y abrazarte las rodillas blancas y rechonchas y llorar un poco. Sí, tenías que volver y llorar sobre esos  mismos libros que venías protegiendo de la lluvia, tenías que ver la tinta correrse de la misma mano de la que con tanto amor antes las había dibujado. Tenías que volver, porque vos sí entendés que ellos se hayan ido juntos y te hayan dejado, manchita celeste de delantal sin paraguas en el umbral gris del colegio. Vos los entendés, aunque ellos no entiendan ni vayan a entender nunca por qué vos preferías mojarte las medias.



Anna.

noviembre 23, 2015

Salir con chicas que no leen/Salir con chicas que leen

Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la fastidiosa mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del sudor de borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde la encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada. Cautívala con trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan dado por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la lluvia y deja que la tenue luz de un farol de la calle los ilumine, así como has visto que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco significado que todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego de hacerle el amor. Tíratela.

Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has celebrado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléale por cosas insignificantes como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta.

Concluye que probablemente deberían casarse porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso cuarenta y cinco de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champaña con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, igual sonríe.

Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de haberte dado cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tuviera significado; que nadie va a contar la historia de sus vidas, y que ella también morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar.

Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que una en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso pero extraño a ti. Una chica que lee hace alarde de un vocabulario que puede identificar lo espacioso y desalmado de la retórica de quien no puede amarla, y la inarticulación causada por el desespero del que la ama en demasía. Un vocabulario, maldita sea, que hace de mi sofística vacía un truco barato.

Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La literatura le ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos esporádicos pero predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde, que el flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares –la vacilación en la respiración– que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislado y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo countinuará, sin razón y sin propósito, después de que ella haya empacado sus maletas y pronunciado un inseguro adiós. Tiene claro que en su vida no seré más que unos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida.

Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos picos del clímax; los siente en la piel. Será paciente en caso de que haya pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo, la chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de tristeza.

No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar historias. Tú con la Joyce, con la Nabokov, con la Woolf; tú en una biblioteca, o parado en la estación del metro, tal vez sentado en la mesa de la esquina de un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, el que me ha hecho la vida tan difícil. La lectora se ha convertido en una espectadora más de su vida y la ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia es magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son coloridos y el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me hace querer ser todo lo que no soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como corresponde, con alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al comienzo de este escrito. No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio.

Charles Warnke

noviembre 22, 2015

¿Cómo puede ser que sepa dónde estás? ¿Que sepa con quién estás y lo que vas a hacer esta noche? ¿Y que yo sea nada más que una constelación lejana en tu mapa y sepa, y ese saber me esté gastando, gastando como a las piedras? Un corazón aplastado, mil y un veces aplastado, por ese río tuyo, que me va erosionando. ¿Nunca sentiste que hacía falta mantener todos los músculos tensionados, porque si aflojabas medio segundo podría ser que estallaces en mil pedazos? Yo sé lo que pensás de mí, lo que ellos piensan. Pero qué importa. Ya nunca quiero volver a escuchar mi nombre con esas voces. Por esa manía de juzgarme me ha quedado la costumbre enraizada. A veces no escucho cuando me llaman, como si no fuera yo. Algún cable está desconectado del mundo.

Pero está él, todo él, que es tan, tan necesario, todo, todo él, en un cielo chiquito pero cercano, al que vos no vas a llegar. Para ir a la luna se necesitan compartimentos de a dos y vos no sabés construirlos. Y aunque mis noches sean de un insomnio blanco, aunque ya no existe el sueño de la familia con la casa, el perro, los gatos, aunque no sepa qué hacer conmigo ni con el mundo y quiera morirme de a ratos, escarvo amor con palillos, y sigo viva, dividida, hecha mil pedazos.

Decime, ¿por qué iría a buscarte, un día que no es el día, por qué destruiría lo poco que me queda en la vida, para morirme en tu sombra, después, con tu partida? ¿Le vas a dejar a este, mi árbol de Navidad viejo y deshojado, mi media sola agujereada -sobre una chimenea apagada-, nuevos besos ausentes, nuevas despedidas, nuevos lazos nunca unidos, nuevos desvelos, nuevos suicidios?



Anna

noviembre 21, 2015

Cielorojo no es parecida a Avy. Es sacerdote como Avy. Es rubia como Avy. Pero no es parecida. El pelo de Cielorojo es amarillo oscuro, amarillo sol de ocaso. El pelo de Avy es amarillo casi blanco, como los primeros rayos del sol cuando amanece. Avy no susurra la magia como Cielorojo, recitándola como un secreto, pintándose los labios con su poder sombrío. Cuando Cielorojo conjura, los árboles tiemblan como si soplara viento, la tierra tiembla, los hombres. Cuando Cielorojo hace el amor es como una tormenta, muerde en los lugares sensibles, clava las uñas hasta dejar su huella. El cuerpo blanco de Cielorojo es como el fondo del mar, irresistible y peligroso, hermoso y oscuro. Krygon lo recorre con sus manos ásperas de espadas y escudos, dejándose ahogar por momentos en sus aguas turbias. Los ojos violeta de Cielorojo le recuerdan los ojos de los dragones del tiempo.
La magia de Cielorojo es violeta, como sus ojos.

Sentado en la cama, Krygon la mira dormir; todavía desde la inconsciencia del sueño, Cielorojo es Cielorojo. No hace tanto calor, pero duerme destapada, sus pechos insolentes apuntando al cielo nocturno, su melena rubia esparcida como un charco dorado por la almohada. Krygon le pasa el dedo índice por su frente pálida, por la nariz, y se levanta antes de llegar a su boca, a los labios violetas de Cielorojo que suspira en sueños.

Hace días que no puede dormir y no sabe por qué. Aunque no hay nadie más que ellos en la casa, se viste para salir a la salita, cruzar la salita y encontrar la bota con agua sobre la mesa junto a la cena a medio comer, junto a los platos sucios con la cena de varios días atrás. Por la ventana entra la luz de la luna, que se ve gorda y clara sobre la torre del bastión de Dalaran, y Krygon toma largos sorbos de agua que se le escurren por el mentón y luego por el pecho, sin mirarla. La puerta de la habitación del otro lado de la salita permanece cerrada. Aunque Cielorojo ha insistido, no ha podido volverla a abrir. Sabe que no hay nadie, que ya no hay nadie, ni lo habrá, pero igual no puede acercarse y abrirla, simplemente abrirla y no encontrar. No encontrar nada. Prefiere dejarla cerrada e imaginar una cascada de pelo color amanecer bañando las sábanas de colores, como la vio tantas otras noches con una luna igual.

noviembre 19, 2015

"Yo no hablo de venganzas ni perdones. El olvido es la única venganza, y el único perdón."

Jorge Luis Borges

noviembre 18, 2015

Te odio.
Odio todo lo que me dijiste,
cada una de tus palabras,
el sonido acompasado de tu voz
diciéndome
"no me voy,
si no venís conmigo
no me voy".
Odio tus pestañas
y tus cejas
y tus lunares
y tus hombros
odio hasta tu maldito ombligo
donde estaba guardado el universo.
Odio tu estúpida sonrisa
en todas las fotos
donde salís sin barba
y el pelo corto
con tiradores
a lo Frank Sinatra.
Odio cada infeliz verano
odio Córdoba y
te odio por no venir
te odio por prometerme
te odio por no cumplir
te odio por irte y
te odio por quererme
tan desprendidamente
tan orgullosamente
tan lejanamente.
Te odio,
te odio,
te odio.


Anna.