noviembre 06, 2015

Viernes

En este momento estás leyendo. El colectivo va lleno, pero de suerte vos estás sentado, lo que de alguna manera te recuerda que te subiste hace muchas paradas, cuando el colectivo iba todavía vacío, aunque todavía te faltan muchas paradas más. No te molesta realmente; siempre has disfrutado el tiempo muerto de los viajes, con el alivio del escape a la obligación, al apuro. El libro que vas leyendo tiene más de quinientas páginas y te dejás consumir la concentración con un deleite perverso. Das vuelta una hoja y te detenés un momento para pensar cuándo fue que dejaste de leer cómics para leer libros como ése. Estás casi al último de una larga hilera de asientos, inmune a las señoras ancianas o a las jóvenes embarazadas que le disputan el privilegio de sentarse a los pasantes de los de más adelante. No hay nada que pueda interrumpir la intensidad con la que tus ojos fulminan cada palabra en letra de imprenta.

Afuera se arremolinan nubes como de lluvia. La ventana contra la que vas apoyado está a penas abierta y hay un hilo de aire húmedo que te promete una buena noche para tomar café y leer. No te importa que sea viernes. Llegás por fin al departamento y ponés a hervir el agua. Hay una cafetera eléctrica en un costado, que no usás hace tanto tiempo que quizá ya no funcione. Te la regaló tu hermano, que sabe de tu afición al café por sobre todo. La usaste una sola vez, una noche como la de hoy, pero hace muchos años. Aunque ese departamente no es realmente tuyo, estás mejor que en tu casa. Abrís el ventanal del balcón, ves algunas luces prenderse en otros departamentos, otros ventanales que se abren. El libro ha quedado semi abierto sobre la mesa, las hojas se desordenan con el aire que entra.

En otra época te hubiera parecido una herejía gastar un viernes encerrado. Te acordás que era Sofía la que prefería estas cosas, y vos te burlabas tanto de ella por eso, aunque ya de grande y a lo mejor queriendo un poco sucumbiste a su afición. Ahora, que más que nunca sentís cómo cada parte de tu cuerpo irradia una virilidad implacable, te dan ganas de quedarte encerrado, escribiendo, leyendo, oliendo el café que ya se enfría sobre la mesa junto a tu libro, junto a tu noche de viernes y junto a ese nombre que pasa volando como ventisca de otoño sobre las hojas y se pierde en un recuerdo lejano, casi como el recuerdo de un sueño.


Anna.

noviembre 05, 2015

-No entiendo. Me habías dicho: "No nos vamos a ver más. Somos libres". Yo me quedé muda mirándote la espalda y te perdiste en la esquina de la estación. ¿Qué esperabas? ¿Que te corriera atrás? ¿Que te llamara a gritos? ¿Para qué quería yo esa libertad que me regalabas? ¿Para qué la quería?

Eduardo Galeano
Fragmento de "La canción de nosotros"

noviembre 01, 2015

Eran
tres
lunares
perfectos,
secretos,

uno arriba del labio
otro sobre la frente
uno justo en el cuello.

Era
un camino
rumbo al cielo
que iba
de bajada.

Ahora
sólo hay
pedazos
de palabras,

undolorquenotienenombre.

Mi alma
hace
años que
no existe

pero este
ardor
en el pecho
es siempre

siempre

tan nuevo.

julio 20, 2015

A vos

He vuelto a vos
mi nido,
mi centro,
mi ancla.

He vuelto, pero sabés que me voy
mi alma está inquieta
aunque una vez más vuelva
a acomodarme en tu recodo.

mi norte es estar perdida
no soy de los que nacen derechos
pero hay algo aquí que consuela,
algo que adormece.

Y siempre vuelvo a vos,
mi ancla,
mi centro,
mi nido.


Anna.

mayo 09, 2015

"Estás encerrado, supongamos, penando tus penares, tus penas de verdad, penas del dolor y del horror, y también las otras, tus penas tontas y tantas: estás condenado, supongamos, a pena perpetua, prisionero de la tristeza en celda solitaria, incomunicado y sin visita. Y de pronto, supongamos, aparece una pulga, inesperada, que se pone a practicar piruetas de circo en la palma de tu mano. Una pulga: una palabra. Una palabrita, que llega sin aviso, y juega."

E. Galeano

febrero 28, 2015

I

Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
Ya no compartirás la clara luna
ni los lentos jardines. Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,

cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.

Nadie pierde (repites vanamente)
sino lo que no tiene y no ha tenido
nunca, pero no basta ser valiente

para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra.


II

Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta

y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna

y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.

Sólo que me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina


Jorge Luis Borges

noviembre 24, 2014

En verdad,
crees que siempre
estoy alegre
y que nada me duele.
Ni tu partida.
Ni tu regreso.
Ni el frío
que nacerá
cuando de mí
te ausentes.

Uno es así,
cuando tiene tu edad.

Con tus años,
tú no conoces
la soledad.
A tu edad,
se la oye nombrar
a menudo
como a un pariente
muy lejano,
que nos alumbra,
desde lejos,
el fondo
del pecho.

Y uno cree
estar tan solo
y tan triste,
que la risa
de otros
nos parece
nacer
en la alegría.

Uno es así,
cuando tiene tu edad.

Pero uno se equivoca.
Y pronto descubre
estar avanzando por el tiempo.
La soledad, entonces
ya no tiene la edad
de nosotros,
sino la edad del alma.

Ahora tienes
que mirarme el alma,
para saber si estoy
solo conmigo,
cuando te marches
mañana.
Sábelo,
todo lo tuyo
me importa en extremo.
Tu mano,
dulce y pequeña,
guarda mi rostro,
mis cabellos,
mis labios
encerrados
en su cuenco
moreno.
Tus labios
hechos
para que yo
los besara,
me guardan
en su húmedo
mundo.
Tu pecho,
está invadido
por mi tacto
salvaje,
que te busca
intranquilo
por las tardes.

Tú lo sabes.

Cuando te vayas,
algo de mí
se irá contigo,
no lo olvides,
alma mía.

Pero cuando vuelvas
puede que ya no
regreses conmigo,
porque ya me habrás
abandonado.

Uno es así,
cuando tiene tu edad.
Tal vez
cuando tú vuelvas,
ya me haya marchado
para siempre de la vida,
sin que tú lo comprendas,
ni yo lo haya querido.
Pero antes, amor mío,
quiero que siempre
creas en mis labios.
En mi voz.
En mis combates.
Aun cuando no volvamos
a estar juntos
por las tardes.
llenas de viento
y jacarandaes.
Y que me mires como soy:
el más alegre de todos,
pero también el más triste.

Uno es así de extraño
cuando se tiene mi edad
y se lleva la gravedad
del mundo en la sangre.

Me gusta luchar,
para que todos podamos
ser felices algún día.
Lo sabes, amor mío.
Pero también
me gusta amarte
cuando hacia mí
vienen tus pasos.
Y sé que dudas tanto.
En verdad de verdades,
deberías quedarte
conmigo
para todos los tiempos.
Pero te vas,
sin que yo sepa
si volveremos
a vernos
solos
por las tardes.

Es tan extraña
y tan compleja
la vida,
que cuando vuelvas
puedes traer
otro nombre
escrito en las pupilas.
Amor mío,
lo sé, porque
también soy inconstante.


Otto René Castillo

noviembre 19, 2014

Qué vas a entender vos, es como si te sacaran los oídos y los cocinaran en consomé, ¿y qué ibas a hacer sin música en tu vida, ah? ¿AH? Y nada, obvio, seguir viviendo, o a lo mejor tirarte debajo de un colectivo, con algo de suerte volver a nacer perro o gato pero tener oídos. ¿Qué vas a entender de mí, de la sordera, más que un miedo ciego, un miedo irracional? Si no tenerte es como no tener palabras, sos todo lo que no se puede decir de otra manera. ¿Dónde estás, con quién estás? Me han dicho que estoy enferma y me la he creído, la gente por ahí va y se enamora y desenamora como quien tiene hambre y lo sacia con un guiso, y yo acá sin dormir, no importa el tiempo, me pisaste tantas veces y yo no duermo pensando en vos ¿entendés? ¿ENTENDÉS?
¿Acordarme de vos todo el tiempo sabiendo que vos no te acordás de mí?
¿Sucumbir a buscar de nuevo tu boca, descubrir que ya no es mía, que nunca lo fue?
¿Extrañarte porque estás lejos o tenerte al lado y extrañarte?
Vos nunca me pediste nada, siempre fuiste tan ajeno, tan independiente, tan libre.

Si vos me hubieras pedido, yo te traía la luna de Famaillá, dejaba subir al perro a la cama. Si hubieras gritado, si hubieras llamado. Si me hubieras dicho que estaba equivocada, si me hubieras mentido, no importa. Las cosas son así.



noviembre 12, 2014

El enamorado

Lunas, marfiles, instrumentos, rosas, 
lámparas y la línea de Durero, 
las nueve cifras y el cambiante cero, 
debo fingir que existen esas cosas. 

Debo fingir que en el pasado fueron 
Persépolis y Roma y que una arena 
sutil midió la suerte de la almena 
que los siglos de hierro deshicieron. 

Debo fingir las armas y la pira 
de la epopeya y los pesados mares 
que roen de la tierra los pilares. 

Debo fingir que hay otros. Es mentira. 
Sólo tú eres. Tú, mi desventura 
y mi ventura, inagotable y pura.


Jorge Luis Borges

octubre 26, 2014

Sé que estás ahí
sé que estás leyendo esto.
Preparate.

Cualquier día de estos
no necesariamente
una noche lluviosa
-quizá sí, quién te dice-

No me vas a ver pasar
por la ventana de tu balcón
nada te va a avisar
-sólo este poema-

Como el fantasma de
un recuerdo
voy a resucitar
de entre tus muertos

te voy a revolver las sábanas

recorreré nuevamente
los caminos de tu cuerpo

Sin culpa,
con ganas,
No vas a saber
qué viento te golpeó
cuando abrás esa ventana.


Anna.

octubre 21, 2014

Un día...

Andas por esos mundos como yo; no me digas
que no existes, existes, nos hemos de encontrar;
no nos conoceremos, disfrazados y torpes
por los caminos echaremos a andar.

No nos conoceremos, distantes uno de otro
sentirás mis suspiros y te oiré suspirar.
¿Dónde estará la boca, la boca que suspira?
Diremos, el camino volviendo a desandar.

Quizá nos encontremos frente a frente algún día,
quizá nuestros disfraces nos logremos quitar.
Y ahora me pregunto... cuando ocurra, si ocurre,
¿sabré yo de suspiros, sabrás tú suspirar?


Alfonsina Storni


octubre 07, 2014

"Eras diferente a todos los demás, te rodeaba un aire extraño: daba la impresión de que si se nos acercábamos mucho nos absorberías, ya no seríamos más nosotros sino parte irrevocable de vos, de tu mundo. No me preguntés qué mundo era ese, pero todos sentíamos que era algo peligroso.
Era eso. Uno tenía la impresión, si estaba demasiado cerca tuyo, de que estaba en peligro. Tu mundo era un desierto infinito, y creo que vos lo sabías, cuando nos mirabas reirnos con esos ojos ardidos y nosotros creíamos que nos odiabas porque no podíamos entenderte, teníamos miedo de ser fagocitados por esa soledad tan inexorable. Habrá sido eso el peligro que percibíamos, sin saber: te alejábamos porque tu mirada llena de arena amenazaba con descubrir algún terrible secreto dentro nuestro. Si hubiéramos sabido entenderte entonces, quizá habríamos podido salvarte y salvarnos a nosotros con vos, si hubiéramos podido ver que no era odio lo que tenías sino la carga de quien conoce ese secreto, el secreto del desierto. Tu mirada de beduino conocía todos los caminos inexistentes en la arena, era la mirada de quien sabe que no importa dónde vaya, jamás llegará a ningún lado, porque alrededor nunca hay ni habrá nada, porque esos infinitos kilómetros de calor ardiente y vos eran una sola cosa. Llevabas el desierto encima, vos eras el desierto. Y tu nombre nómada vagaba en algún lugar sobre aquellas dunas, a pesar de todo, esperando encontrar; y nos mirabas, y sonreías hacia el costado esperando ser salvada. Si hubiésemos sabido entenderte entonces."


Anna.

septiembre 25, 2014

Mucho más allá

¿Y si nos vamos anticipando
de sonrisa en sonrisa
hasta la última esperanza?

¿Y qué?
¿Y qué me das a mí,
a mí que he perdido mi nombre,
el nombre que me era dulce sustancia
en épocas remotas, cuando yo no era yo
sino una niña engañada por su sangre?

¿A qué, a qué
este deshacerme, este desangrarme,
este desplumarme, este desequilibrarme
si mi realidad retrocede
como empujada por una ametralladora
y de pronto se lanza a correr,
aunque igual la alcanzan,
hasta que cae a mis pies como un ave muerta?
Quisiera hablar de la vida.
Pues esto es la vida,
este aullido, este clavarse las uñas
en el pecho, este arrancarse
la cabellera a puñados, este escupirse
a los propios ojos, sólo por decir,
sólo por ver si se puede decir:
"¿es que yo soy? ¿verdad que sí ?
¿no es verdad que yo existo
y no soy la pesadilla de una bestia?".

Y con las manos embarradas
golpeamos a las puertas del amor.
Y con la conciencia cubierta
de sucios y hermosos velos,
pedimos por Dios.
Y con las sienes restallantes
de imbécil soberbia
tomamos de la cintura a la vida
y pateamos de soslayo a la muerte.

Pues esto es lo que hacemos.
Nos anticipamos de sonrisa en sonrisa
hasta la última esperanza.

Alejandra Pizarnik

A. Vivaldi - Violin Concerto A Minor (Itzhak Perlman)



septiembre 19, 2014

Alcarnor. Alcarnor, Alcarnor, Alcarnor. Lo pronuncia muchas veces bajito tratando de hacerlo suyo, la A gigante como para comer un pastel de Aimee, la L, la C como una piedra en un río, la otra A, R como ronroneo de gato, N como un nudo en la garganta, O, un gato dormido junto a un fuego en invierno.

¿Qué hacés? le pregunta él en lengua común. Está medio dormido. Avy le sonríe acariciándole una oreja, esa oreja tan diferente a la suya. Todo en él le parece extraño, extravagante. Alcarnor se vuelve hacia ella con los ojos semi abiertos, el enorme cuerpo moreno tallado a fuerza de entrenamiento y guerras y más entrenamiento, un cuerpo duro por el sol, por los maltratos de las campañas, y sin embargo, tan vulnerable así, desnudo. Decime tu nombre, le pide otra vez.

Alcarnor, dice él. ¿No te cansás, no?

Ella se ríe con esa risa cantada que tanto le gusta a él.
Otra vez. Alcarnor. Otra. Alcarnor. ¿Tanto te gusta?

Avy no contesta. Garabatea las letras en el aire, luego sobre él, las saborea en su boca, las olfatea en todo su cuerpo, las hila cuidadosamente para pronunciar al nombre como él lo hace, la A entre su pelo, L como el puente entre su pecho y el de él, la C dentro de su boca, otra A sobre su pecho que sube y baja agitado, después la R en un gruñido, la N bajando por su cuerpo hasta la O en su obligo hondo como un universo para entrar directamente en su nombre con esa tosquedad grave tan de humano, tan de humano, con sonidos que son tan extraños para su lengua, como todo él para el resto de su cuerpo. Alcarnor, tan humano, tan suyo, y de nuevo tan humano.




Anna